Partiendo
del esquema de Hunt (1997), en el que muestra los diferentes sistemas
que conforman nuestra memoria, podemos hablar en primer lugar de la MEMORIA SENSORIAL
(un almacén específico que conserva por un breve espacio de tiempo los
estímulos que llegan a nuestros sentidos); la MEMORIA A CORTO PLAZO (MCP),
un almacén de capacidad limitada (generalmente se evalúa por series de números
o de palabras) que retiene la información a la que hemos atendido por un breve
espacio de tiempo; y la MEMORIA A LARGO PLAZO (MLP), o almacén general de
información.
Los
trabajos realizados hasta la fecha permiten afirmar que no existen apenas
déficits en la memoria sensorial asociados al envejecimiento (Poon, 1985). Algunos de los estudios realizados
sobre esta memoria sensorial visual indican que con el aumento de la edad se
produce un incremento en el tiempo requerido para identificar un estímulo
visual, que se relaciona más, con aspectos atencionales y perceptivos, que con
déficits de memoria (Hultsch y Dixon, 1990).
En
la memoria a largo plazo no hay grandes déficits asociados a la edad, aunque,
cuando la complejidad de la tarea aumenta, el recuerdo también se va
deteriorando; además los problemas parecen estar más relacionados con la
recuperación que con el reconocimiento. Los aspectos de la MLP que aparecen
como más afectados durante el envejecimiento son los episódicos (información
ligada al contexto) y los procedimentales (información sobre destrezas). Sin
embargo, según se desprende de los trabajos realizados hasta la fecha, la
memoria semántica (independiente del contexto) no se pierde (Calero, 2000).
Es como si a los ancianos les importara menos su
rendimiento y se esforzaran menos en retener, e incluso a veces parece que se
les ha olvidado cómo retenerlo, pero cuando el material les interesa, significa
algo para ellos, se les dan pistas o se les refresca cómo organizarlo, vuelven
a mostrar una memoria similar a la que anteriormente mostraban (Calero, 2000)
No dejemos de tener presente que esta capacidad
cognitiva se debe de estimular y entrenar para poder prevenir pérdidas mnésicas
y para optimizar la “memoria” que cada persona mayor preserva
·
CALERO, M. D. (2000). Psicología de la vejez: el
funcionamiento cognitivo. En
Fernández- Ballesteros, R. (directora). Gerontología Social. Madrid: Pirámide.
Fernández- Ballesteros, R. (directora). Gerontología Social. Madrid: Pirámide.
·
HUNT,
E. (1997). The Status of the concept of intelligence. Conference in the annual
Convention of the Japanes Psychological Association. Oxford: Blackwell
Publisher.
·
POON,
L. W. (1985). Differences in human memory with aging: nature, causes and
clinical implications. En Birren J.E. y Shaie, K. W. (ed), 427-462.
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