El proceso de duelo se inicia inmediatamente
después o en los meses siguientes a la muerte de un ser querido. El período de
tiempo o de duración varía de persona en persona (Villena), no siempre el
mismo, y varía dependiendo del grado de impacto en el momento de la pérdida,
por la personalidad del individuo, y por los recuerdos internos y externos que
se posean de la persona fallecida. Además de estar determinado por la identidad
y el rol de la persona fallecida, por la edad y sexo de la persona que sufrió
la pérdida, por las causas y circunstancias en que esta ocurrió, y por las
circunstancias sociales y psicológicas que afectan al sobreviviente.
Como todo proceso, el duelo cursa etapas las cuales
han sido definidas por diferentes autores. En general, todos coinciden en que
el duelo se desarrolla en cuatro etapas dinámicas, la primera etapa se denomina
de “Impacto y Perplejidad o Shock”. Esta etapa se inicia cuando nos enfrentamos
a la noticia de la muerte. Puede prolongarse desde minutos, días y hasta seis
meses. Se intenta defender del impacto de la noticia. El anciano se enfrenta a
una realidad que no logra comprender y que capta toda su atención, por lo que
el consuelo no será bien recibido. Es el mismo quien debe verificar y
confrontar la realidad. Tampoco hay que sobreprotegerlo y no forzarlo a
realizar actividades que no quiere, ni tampoco hay que dejarlo en un reposo
absoluto por un tiempo prolongado. Por otro lado, experimenta sentimientos de
pena y dolor, incredulidad y confusión. También presenta trastornos del apetito
por defecto o por exceso, así como también nauseas e insomnio. La segunda etapa
se denomina de “Rabia y Culpa”; hay una angustia intensa, acompañado de un
desorden emocional. La muerte ya ha sido aceptada como un hecho real. El
anciano comienza un proceso de búsqueda de quien ya no está y empieza a
expresar los sentimientos por éste. Una tercera etapa sería la de
“Desorganización del Mundo, Desesperación y Retraimiento”. Esta etapa puede
durar hasta dos años. Se intensifica la pena y llanto. Surgen los sentimientos
de culpabilidad, resentimientos, soledad, añoranza y auto reproche. El anciano
siente rabia lo cual lo mantiene resentido y le impide su readaptación a la
nueva realidad y tienen comportamientos o conductas no meditadas. Sueña con el
fallecido, se retira socialmente, suspiros constantes, hiperactividad y
frecuenta los mismos lugares del fallecido. Presenta sensaciones físicas, como
el estómago vació, tirantes en tórax o garganta, hipersensibilidad a los
ruidos, vivencias de despersonalización, sensación de ahogo y boca seca.
También pensamientos de preocupación, presencia del fallecido, alucinaciones
visuales y auditivas. No hay que esperar que el anciano cambie su conducta o
reprima su tristeza, al contrario, hay que permitirle la realización del duelo,
para que sea capaz de enfrentar los sentimientos de dolor y tristeza. Y la
cuarta y última etapa se denomina de “Reestructuración del mundo,
Reorganización y Sanación”. La reestructuración puede durar hasta dos años. El
anciano toma conciencia de la pérdida, acepta el vacío y lo incorpora como una
ausencia presente. Reaparece la paz y el sentido de vivir, y se atenúa las
emociones y sentimientos. Vuelve a sentir la calidez de quienes lo rodean.
Comienza a tener una visión más realista del ser perdido.
Se habla de elaboración del duelo cuando ya se ha
aceptado la pérdida y el recordar no causa dolor. El expresar abiertamente la
pena que se siente es algo natural y deseable, y supone una buena salida
psicológica en términos de la elaboración del duelo recientemente vivido.
Por su parte, el proceso de duelo posee tareas las
cuales deben llevarse a buen término para desencadenar una buena elaboración de
éste. Se debe aceptar la realidad de la pérdida, luego sufrir pena y dolor
emocional, para después ajustarse al medio sin la persona desaparecida en el
sentido de construir una nueva vida estable y satisfactoria, y finalmente
quitar la energía emocional del fallecido reduciéndola hacia otras relaciones
en el sentido de recuperar la capacidad de amar en un sentido más amplio.
Si ahora caracterizamos los duelos patológicos
éstos se producen cuando las tareas del proceso no han sido vividas y
finalizadas. El duelo anormal puede presentarse de diversas maneras, que van
desde el retraso del duelo o la ausencia, hasta un duelo muy intenso y
prolongado, que puede incluso asociarse a conductas suicidas o síntomas
psicóticos. Estos ancianos muestran signos de pesadumbre en forma grave y
retardada. Aquí el problema es preguntarse por qué el paciente es incapaz de
superar la pérdida. Existen distintas explicaciones al respecto. Por un lado,
se puede ver una fuerte dependencia debido al apego del anciano a su cónyuge
difunto. O bien el anciano no mantiene estrecha relación con otro miembro de la
familia a quien transferir algunos de los lazos que lo vinculaban a su cónyuge.
Como también es probable que las relaciones de duelos patológicos anteriores,
si las hubo, hayan sido ambivalentes. Como resultado de este tipo de duelo se
puede desencadenar una depresión, la cual en el adulto mayor puede ser mortal.
Esta está determinada por la personalidad del anciano como también por su
historia vital. Éste tipo de depresión afecta el sistema orgánico central,
endocrino e inmunológico, paralizando el continuo proceso de crecimiento y el
intelecto. Además se presenta una declinación del funcionamiento del organismo,
deterioro de las funciones físicas, baja de las defensas, con lo cual puede ser
presa fácil de cualquier enfermedad. Se presenta alteración de algunos
neurotransmisores como la serotonina, noradrenalina y dopamina. El ánimo se
resiente y en anciano está constantemente cansado. La pérdida de la salud
física puede llevar a una baja de autoestima, una mayor dependencia y una
disminución de la movilidad. Es importante en este caso, tener en cuenta que el
anciano que vive un duelo patológico nos dará algunas señales de alerta, como
puede ser la pérdida de la energía, el sentirse viejo, la anedonia o pérdida de
las ganas de disfrutar. Así como también puede presentar insomnio, disminución
del apetito y baja de peso cuantificable. Es común que tengan pensamiento de
muerte, un fuerte retraimiento social, algún tipo de sentimiento de culpa, un
cambio en el estado de ánimo, como también dolores físicos y quejas sobre su
salud.